Cómo opera la esclavitud económica en Chile

26/04/2017

¿Cómo opera la esclavitud económica en Chile? La verdad técnica con datos y números en la mano.

La verdad técnica o científica con datos y números en la mano, y por lo tanto incuestionable, es que en Chile impera la esclavitud económica para gran parte de la población. El método ha consistido, desde la década de 1980, en salarios y sueldos de hambre por una parte y, por la otra, el alto costo de los alimentos y servicios (agua, luz, comunicación, transporte, educación y salud) que son propiedad de los mismos gremios empresariales que pagan los bajos sueldos.

Se trata de un sistema económico piramidal y jerarquizado basado en la antigua institución patronal conocida como la “pulpería”, donde el trabajador campesino pedía fiado la comida al almacén del mismo patrón que lo explotaba y, al final de mes cuando se hacían las cuentas, el trabajador pagaba el total de su salario y quedaba debiendo una deuda a la que se aplicaban altos intereses (usura).

La idea es que el pago por el trabajo sea tan bajo que el obrero se vea obligado a endeudarse para poder vivir. Esta realidad explica cómo ha sido posible que en un país tan chico como Chile, con casi cero por ciento de inversión económica empresarial en los últimos años, las empresas hayan tenido multimillonarias ganancias anuales y que entre los empresarios más ricos del planeta figuren una docena de chilenos. No hay otra explicación técnica.

Esa misma filosofía de la “pulpería” es el alma de la economía chilena de hoy, donde unas cuantas familias (los mismos apellidos) controlan el aparato productivo y financiero del país, pagan bajos sueldos y cobran altos precios por los alimentos y servicios y si no alcanza la plata, le ofrecen al esclavo créditos de consumo con intereses de usura.

DATO TÉCNICO.

Les entrego el siguiente artículo de la Radio de la Universidad de Chile, donde usted podrá entender cómo funciona la esclavitud económica en Chile.

“La jugada de los bancos para subir la Tasa Máxima Convencional”.

La tasa que actúa como límite a los intereses cobrados por los bancos e instituciones financieras se ha mantenido en la discusión pública luego de que el Gobierno se abriera a la posibilidad de modificar la ley y aumentar la tasa. Aunque los datos se estrellan contra la realidad: la mitad de los chilenos gana menos de 300 mil pesos líquidos y tiene que endeudarse para llegar a fin de mes.

A principio de este mes, el Superintendente de Bancos e Instituciones Financieras (Sbif), Eric Parrado, entregó el Tercer Informe sobre la implementación de la ley que redujo la Tasa Máxima Convencional (TMC), en vigencia desde 2013 e impulsada por el Gobierno de Sebastián Piñera,

Durante la tramitación del proyecto de ley la banca proyectó que la disminución de la tasa desbancarizaría a cerca de 1 millón de personas. A tres años de esas proyecciones, el informe de la Sbif mostró que no existen caídas considerables en el número de personas bancarizadas, en el segmento de crédito de hasta UF 50 (1,3 millones de pesos).

Con todo, se afirmó que hubo una salida neta del rango de las 150 mil hasta 227 mil personas. En este sentido, el superintendente de Bancos ha afirmado que la ley que bajó la Tasa Máxima Convencional “ha tenido un impacto negativo en los sectores de menores ingresos, y eso nos preocupa”.

En una reciente entrevista, Parrado declaró que han estado trabajando en revisar la posibilidad de subir la TMC en algunos segmentos “especialmente en el primero (de entre 0 y 50 UF), donde ha habido un efecto más fuerte de desbancarización”.

En este sentido, la ley ha sido perjudicial porque ha dejado fuera del acceso a crédito en bancos a personas que son consideradas “de más riesgo”. Por lo mismo, actualmente la Sbif analiza la alternativa de dividir el primer tramo de créditos (que va llega a las 50 UF) en dos: uno de 0 a 25 UF y otro de 25 a 50.

La tasa máxima convencional es un límite estipulado por ley que se aplica a los intereses de los créditos. En 2013 una modificación a la ley de Bancos bajó la tasa, estableciendo que esta no podrá exceder en más de un 50 por ciento el interés corriente que rige al momento de asumir un crédito.

Actúa como una suerte de señal de mercado para el cobro de tasas de interés a colocaciones de crédito o a préstamos, a la deuda, aunque con la particularidad de que está segmentada según los tramos de solicitudes de deudas de créditos. Es decir, las tasas de interés están estratificadas según los niveles de riesgo a quienes se les presta el dinero o se les otorga el crédito.

Esta clasificación, de mayor riesgo a menor riesgo, es una figura utilizada por los bancos para clasificar el poder de pago de las personas. Quienes sean más pobres serán considerados más riesgosos, y quienes tengas más, menos riesgosos.

En este sentido operan dos figuras. Mientras más riesgosas sean consideradas las personas, primero, menos dinero se le prestará (con un rangos que varían entre las 50 y 200 UF) y segundo, más altos serán los intereses que deberán pagar.

El economista y académico de la Universidad de Chile, Joseph Ramos, explica que una tasa alta permite que haya personas más riesgosas que entren a tomar los préstamos porque la tasa alta los cubre y en la medida en que se sube la tasa, se hace más atractivo a que entren más personas.

“Pero también hay que ir en el otro sentido, que una tasa alta puede significar un ahogo para muchas personas y además un costo mayor para los que no son tan riesgosos. Cuando se bajó la tasa máxima, se hizo sabiendo que alguna gente iba a quedar desbancarizada, pero se consideró en ese momento que eso tenía sentido ya que los desbancarizados probablemente eran casos de personas con alto riesgo de sobreendeudamiento”.

El problema de fondo

El miedo a la desbancarización tiene un problema de fondo que alcanza las distintas estructuras del modelo económico y que radica, básicamente, que en Chile existe una gran cantidad de personas con menos ingresos que está bancarizada, tanto en los bancos, como en el denominado retail financiero (que no está regulado por la TMC).

Esta situación opera para que los hogares de bajos ingresos, que no tienen acceso a buenos salarios, a un sistema de seguridad social y que están abandonados por el Estado, puedan acceder a una forma de financiamiento. Es decir, con la desbancarización, lo que está en juego es que las personas no logren ingresar a un nivel de financiamiento que les permita solventar el día a día.

“En Chile el nivel de endeudamiento es bien particular, no es del tipo para aumentar patrimonio necesariamente, que es comprarse una casa, o un auto, sino que es más bien créditos de bajo monto. Créditos que están asociados al consumo de alimentos, al consumo de vestuario, al consumo de actividades recreativas. Por lo tanto, de lo que estamos hablando es que las condiciones de vida de las personas para poder mantener su hogar es lo que está en juego cuando se está discutiendo la TMC”, explica el sociólogo experto en financiarización y endeudamiento.de la Fundación Sol, Alexander Pavez,

Según las cuentas financieras de hogares del Banco Central, la carga financiera mensual de los hogares promedia, para los hogares que tienen deuda, cerca de un 50 por ciento, lo que significa que cerca de la mitad de los ingresos que obtienen los hogares mensualmente, se dedican a pagar la deuda, ya sea comisiones, intereses o los mismos servicios de la deuda.

Esta cifra encuentra un correlato dramático en los bajos salarios estructurales del país, donde el 50 por ciento de los trabajadores obtiene menos de 300 mil pesos líquidos mensuales.

Alexander Pavez explica que de esta forma, se configura una realidad en la cual, cuando se discute sobre la TMC, se discute también sobre la demanda interna que puedan tener los hogares de bajos ingresos, que es muy importante para obtener, por ejemplo, las altas ganancias del retail, que genera ganancias por sobre el 80 por ciento, aún cuando se ha dicho que el país atraviesa por un periodo de restricción económica.

“La TMC viene a regular la demanda interna vía crédito y a su vez, viene a solventar un problema de condiciones de vida de gran cantidad de familias. Entonces, lo que queda como pregunta es abierta es: ¿Por qué la única forma que tienen de solventar el día a día las familias más pobres de Chile tiene que ser mediante el crédito?, ¿Por qué no puede ser mediante salarios saludables, mediante un sistema de seguridad social efectivo que resguarde derechos sociales?”, argumenta Pavez.

El impacto que ha generado la discusión sobre la desbancarización, resulta en este sentido, sintomático de las fallas estructurales y de la forma contradictoria del modelo.

“Lo que se está haciendo es cargarle la mano a los hogares para mantener las altas ganancias de los bancos y para que el gobierno no tenga ningún incentivo para implementar políticas de Estado que aumenten la seguridad social de la gran mayoría de los chilenos y refuerce la capacidad que tengan los hogares trabajadores de negociar sus propias condiciones de vida”, dice el sociólogo de Fundación Sol.

“Hay una expropiación financiera muy grande de parte de los bancos sobre los exiguos ingresos que tienen la gran cantidad de los hogares en Chile. Es un peligro latente que lo único que hace es desplazar los problemas de liquidez que tienen gran parte de los hogares”, agregó.

El chantaje de los bancos

Joseph Ramos explica que la TMC es parte de la filosofía que tiende a cobrar tasas altas para cubrir a los que no pagan. “Pero por otro lado, le están cobrando mucho a gente que si son deudores “decentes”. El banco no sabe discernir quién pagará y quién no y ese es el argumento para poner un coto a la tasa máxima, junto con evitar que la gente tome créditos a tasas muy altas, que no esté en condiciones de pagar. Que se sobreendeuden. Eso es la legislación de bajar la tasa máxima que se aprobó en 2013. Que eso iba a afectar la cantidad de créditos, es es indudable, predecible y conocido, pero se consideraba que eso era un costo menor que el beneficio que estaba logrando”.

Cuando se aprobó la ley en 2013, los bancos advirtieron que podría ocurrir una masiva desbancarización debido a que, con la disminución de la TMC, a ellos ya no les “convenía” tener clientes riesgosos, más pobres, con créditos de poco monto. Pese a que las proyecciones no se cumplieron, continúan ejerciendo presiones para que la TMC vuelva a subir, al menos en los segmentos de riesgo.

“Eso puede ser tanto un chantaje de los bancos, que saben que la única forma de sustentar el día a día es mediante créditos de consumo o adelantos en efectivo y por lo tanto exigen tasas de interés más altas. Puede ser un chantaje del tipo: ´si nos bajan la TMC les vamos a generar un problema político, un problema social de gran envergadura´”, señala Alexander Pavez.

El sociólogo explicó que en esta materia el gobierno estaría entre la espada y la pared: “los bancos le dicen: ´tú me controlas la TMC y yo te desbancarizo a las personas`, lo que implicaría un problema político, de personas que no van a poder solventar su día a día, aumento del comercio informal, aumento de la delincuencia, aumento de la protesta social, anomia, en fin, todo lo que trae el problema de una pobreza aguda que esta solventado en la actualidad por una suerte de burbuja crediticia”.

Pese al enorme costo que ha significado para las personas, lo que no está regulado en nuestro país son las casas comerciales que entregan créditos. Los adelantos en efectivo de las tiendas de retail y supermercados, pueden llegar a tasas mucho más altas, incluso mucho más allá de la TMC.

Por lo mismo, el famoso “avance en efectivo” puede alcanzar irrisorias tasas de interés, lo que resulta dramático considerando que quienes normalmente acceden a estas formas de crédito son quienes precisamente urgen liquidez de forma inmediata.

En este sentido, la tasa de interés lo que ha hecho es una suerte de distribución del ingreso inversa, es decir, a los hogares de más bajos ingresos les cobra más caro que a los hogares de altos ingresos que pueden comprar las cosas en efectivo. “Eso es lo perverso de la discusión actual, en una sociedad tan desigual como la chilena, la tasa de interés y el acceso al crédito toman ribetes usureros en la medida en que los hogares no tienen otra posibilidad para sobrevivir que no sea acceder al crédito”, concluye Pavez.

Fuente: http://radio.uchile.cl/…/el-chantaje-de-los-bancos-para-su…/

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El terror a la muerte y la nueva religión

26/04/2017

El terror a la muerte y la nueva religión: La adoración al dinero y la avaricia

Tema psicológico: miedo a la muerte, codicia, egoísmo, capitalismo, sustentabilidad, globalización.

El terror a la muerte y la nueva religión: La adoración al dinero.

En Occidente y bajo la ideología materialista-darwinista estadounidense que nos domina, las masas estupidizadas ya no creen en Dios, pero, ahora, en cambio, creen en algo que les da una esperanza, la esperanza de que se puede vivir eternamente.

Según Becker, el dinero se ha convertido literalmente en la nueva ideología de lau inmortalidad. Ya no adoramos a Dios, sino a la perspectiva de que si poseemos lo suficiente, viviremos más que los demás.

Junto con sus colegas Jeff Greenberg y Tom Pyszczynski, Sheldon Solomon desarrolló la teoría psicológica de la “gestión del terror”, una explicación para muchos patrones de comportamiento inconsciente como, por ejemplo, el ansia por tener más y la avaricia.

SHELDON SOLOMON: La teoría de la gestión del terror es nuestro intento de expresar en una par de tesis reducidas y sencillas las ideas del ya fallecido antropólogo cultural Ernest Becker, que escribió varios libros muy importantes en los años 70. Con estas tesis podemos trabajar en el laboratorio.

Fundamentalmente, lo que motiva el comportamiento humano según Becker es la idea de que solo los humanos somos conscientes de que vamos a morir algún día. Y esto, posiblemente, genera un miedo paralizador. Para mayor penitencia, sabemos que la muerte nos puede llegar en cualquier momento, por razones impredecibles e incontrolables. Y, como colofón, no nos gusta que se nos considere animales. Desde el punto de vista biológico no somos más que pedazos de carne que respiran y defecan.
Y la teoría de Ernest Becker es que lo que han hecho las personas –algo perspicaz pero no necesariamente consciente– es construir y mantener lo que los antropólogos denominan cultura. En otras palabras, desviamos el miedo a través de la creencia construida por el hombre de que vivimos en un mundo lleno de sentido y de que realizamos una aportación valiosa a este mundo. Es lo que llamamos “autoestima”.

Platón dijo: “Por eso quieren tener hijos, por eso quieren construir pirámides, por eso queremos escribir y componer grandes libros y sinfonías. Por eso queremos tener mucho dinero, para ser más que meros animales condenados a morir.”

¿Qué consecuencias tiene esto en nuestro comportamiento?

SHELDON SOLOMON: Cuando se trata de inmortalidad nunca tenemos suficiente. Todo lo demás, cualquier apetencia natural, se puede saciar… Sí, me gusta la pizza, pero siempre habrá un momento donde diga: “ya estoy cansado de la pizza”. Incluso en el sexo llega un momento en que uno tiene suficiente… “Necesito un descanso”. Pero el ser humano es el único cuya principal ocupación es consumir más de lo que necesita y poseer más que los de su alrededor. Y una posible explicación basada en nuestras investigaciones es que el ser humano está predispuesto a poseer muchas cosas y mucho dinero, en parte, porque desde el punto de vista psicológico le da la sensación de que puede volverse inmortal. Por eso, nunca tiene suficiente.

¿No es una contradicción ser consciente de la propia mortalidad y, a pesar de ello, acumular?

SHELDON SOLOMON: Nos pasamos la vida acumulando dinero para comprar casas grandes y poder llenar las entradas de autos, y para comprar cachivaches tecnológicos, sobre todo, las últimas innovaciones de aparatos electrónicos. Pero el caso es que siempre se llega a un punto en el que poseer más cosas ya no hace más feliz ni tampoco alarga la vida. Lo que parece contradictorio tiene, en realidad, una explicación fácil y es que nuestro deseo de no morir supera nuestra capacidad de pensar con sensatez y de considerar la posibilidad de que llegará un momento en nuestras vidas en el que ya no necesitaremos nada porque no seremos nada.

¿Es este un fenómeno nuevo? La gente siempre ha aspirado a tener más cosas materiales, un estatus más alto…

SHELDON SOLOMON: Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, la mayoría de las personas no tenían mucho. La vida era corta y el ser humano se pasaba la mayor parte del tiempo buscando alimentos. Y como no existía la tecnología para la producción en masa, la mayoría de la gente no acumulaba cosas. Prevalecía la producción artesanal, las cosas se tenían que hacer con las manos. El zapatero elaboraba un zapato entero y uno podía consolarse y estar orgulloso si era capaz de hacer buenos zapatos.

Y luego llega la revolución industrial. La producción en masa nos abre, por una parte, la posibilidad de producir bienes de alta calidad a un precio asequible para mucha gente. Por otra parte, la organización del trabajo ha cambiado totalmente su concepción. Ahora ya no se elabora un zapato entero, sino que se le clava el tacón. Y eso, 8 horas al día durante 40 años. El zapato no es algo tuyo, no estás orgulloso de clavarle el tacón. Con ello, desaparece la posibilidad de ganar autoestima a través del trabajo propio. “Se produce un desplazamiento de prioridades”, afirman algunos. Lo importante no es la producción, sino el consumo. Se trata de un desplazamiento radical de la sensación de autoestima a través del rendimiento y la ardua producción artesanal a la sensación de autoestima producida por cifras abstractas sobre el papel.

Y luego está la insatisfacción permanente provocada por someterse a valores que hacen que intentemos tener siempre más y nunca lleguemos a estar enteramente satisfechos. En otras palabras, el lado negativo de todo deseo insaciable es, sencillamente, una inflación incontrolable que acaba desbordándose.

Habla de un cambio de valores, ¿qué papel juega aquí la religión?

SHELDON SOLOMON: En la Edad Media la forma más extendida del cristianismo era el catolicismo, y el catolicismo era muy claro en lo que respecta a los pecados de la avaricia y la codicia: consideraba lícito producir cosas para utilidad propia o útiles para la comunidad. Pero poseer cantidades ingentes de cosas o abusar de terceros practicando la usura se consideraba pecado mortal.

Entonces, la revolución evangélica se abre paso en el catolicismo y el ser humano se queda solo. Su vínculo con Dios es directo y eso es liberador y traumático a la vez, pues ¿cómo va a saber qué planes le tiene reservados el Todopoderoso? Los protestantes seguían la doctrina de la predestinación, uno viene a este mundo y su destino ya está determinado: o estás maldito y vas al infierno o se te concede la gracia y vas al cielo. Pero, ¿cómo sabe uno si está destinado a Hades o al cielo?

La idea aquí es que puedo saber qué me depara la voluntad divina según sean mis posesiones en la Tierra. Y si trabajo mucho y compro mucho es señal de que Dios hace que brille en mí su satisfacción. Y esto sirve de argumento para ese sostenerse a creencias religiosas que contribuye también al principal pasatiempo del mundo occidental de poseer sin límites.

Pero las religiones están perdiendo significado en las sociedades de estilo de vida occidental…

SHELDON SOLOMON: Hoy, muchos europeos occidentales y estadounidenses ya no creen realmente en Dios. Nuestra teoría es que ya no se cree en Dios pero que hay que creer en algo que le dé a uno esperanza, la esperanza de que se puede vivir eternamente. Según Becker, el dinero se ha convertido literalmente en la nueva ideología de la inmortalidad. Ya no adoramos a Dios, sino a la perspectiva de que si poseemos lo suficiente, viviremos más que los demás.

¿No existen otras maneras de superar ese miedo inconsciente a la propia mortalidad?

SHELDON SOLOMON: Existen procesos automáticos que se activan cuando pensamos en la muerte para detener estos pensamientos. Lo que sabemos es que los pensamientos inconscientes sobre la muerte se registran de diferentes formas, dependiendo de la persona en cuestión y de los valores imperantes.

Para superar el miedo a la muerte algunas personas se vuelven más patriotas o nacionalistas. Otros se vuelven más generosos, al menos, con ONG que supuestamente comparten su visión cultural del mundo. Otros, en cambio, se hacen más materialistas y se vuelcan en las compras; en estos casos, el miedo a la muerte refuerza la tendencia ya existente de poseer todo lo que se pueda y más que todos los demás.

¿Puede probarse esta tesis con experimentos?

SHELDON SOLOMON: Para las personas en general materialistas las compras son, básicamente, el pilar de su autoestima. Compran porque así le ven un sentido a la vida y se creen ellos mismos valiosos. Y, basándonos en experimentos donde a los participantes se les recuerda su propia mortalidad, por ejemplo, a través de preguntas en un cuestionario donde deben describir las emociones que asocian a su propia muerte, sabemos que buena parte de este afán adquisitivo tiene que ver con la negación de la muerte. A veces, entrevistamos también a gente frente a una funeraria o mostramos la palabra “muerte” tan fugazmente en la pantalla de una computadora que la persona no la llega a ver. Pero no importa de qué forma se le recuerde a la gente que un día va a morir, cuando lo hacemos, observamos siempre una constante: la gente siempre quiere tener más y mejor. Quieren Rolex y autos de lujo, quieren más dinero. En estas condiciones, el dinero, más que un medio, se convierte en un fin. Y se vuelven más codiciosos. Así que pensamos que, a veces, esa ansia de comprar responde a un impulso que es, en parte, la negación de la muerte.

¿Qué más observó al recordarles a los participantes su propia mortalidad?

SHELDON SOLOMON: Cuando nuestro propio concepto de la realidad disminuye el miedo a la muerte, nos inquietan, por ejemplo, las personas que tienen otras convicciones. Si soy un buen americano y un buen cristiano creeré que Dios creó el mundo en seis días y luego descansó. Y si luego me encuentro con alguien de Borneo, en el Pacífico sur, que dice “no, todos sabemos que el mundo surgió de un coco gigante…” Si él tiene razón, entonces yo estoy equivocado.

Tenemos esos sistemas de creencias que reducen el miedo a la muerte pero, como dijo Ernest Becker, “el pánico acecha siempre bajo la superficie de la consciencia como un sordo bullicio, así que, tomemos el miedo a la muerte y hagamos algo con él.”

Y una de las cosas que podemos hacer en comprar un montón de chorradas. Otra es tomar el miedo a la muerte y pegárselo a otras personas, dentro o fuera de nuestras culturas, y decir: “esos son los portadores del mal”.

Antes eran los comunistas; ahora, los terroristas islámicos. Aquí odiábamos antes a los hippies, pero ahora nos parecen bien porque los tejanos cuestan 200 dólares y los hippies son administradores de fondos de alto riesgo. Pues ahora, odiamos a los homosexuales, ¿no? Pero, en realidad, no están tan mal, así que mejor odiamos a los viejos, a la gente que no habla inglés, etc. Y, ¿qué hacemos con esta gente? Criticarlos o intentar convencerlos de que nuestra forma de vivir es la mejor, y si no funciona, los matamos sin más. La teoría de la gestión del terror considera que la guerra es la inevitable consecuencia de la incapacidad de tolerar a las personas que no comparten nuestras creencias.

¿Es el ser humano egocéntrico por naturaleza o es, más bien, un ser social?

SHELDON SOLOMON: Todos somos un poco ambas cosas. Ernest Becker decía: “¿Saben? Queremos ganar por partida doble”. A veces queremos destacar individualmente, ser los mejores y mejores que los demás. Pero otras veces solo queremos ser parte de algo: ser un buen americano, un buen alemán, un buen argentino… Formar parte de una familia o del lugar en el que vivo.

Y en nuestros estudios hemos demostrado que a las personas se las puede encauzar en una u otra dirección. Gran parte de nuestro trabajo gira en torno a una cuestión: ¿qué ocurre si se le recuerda a la gente que un día va a morir? Cuando le preguntamos y le decimos a la gente “¿ves? Eres como los demás”, entonces quieren ser únicos, quieren destacar. Pero si le decimos “¡vaya, eres verdaderamente único!”, entonces quieren ser como los demás.

Y este pensamiento de que queremos destacar y pertenecer se puede apreciar claramente en relación con el consumo: “¡sí, quiero un Porsche porque quiero sobresalir!”. Y “sí, no quiero ir por la calle montado en un camello, pese a que en Nueva York esto probablemente sería más caro que un Porsche, porque no quiero sobresalir tanto”.

Pero, ¿no fomenta nuestra sociedad precisamente la codicia?

SHELDON SOLOMON: Se han hecho estudios sobre la inclinación de las personas a aprovecharse de las circunstancias o tergiversarlas para su beneficio. Así que creo que sería ridículo afirmar que todos podemos convertirnos en Gandhi, la Madre Teresa o Jesús. Eso sencillamente no va a ocurrir y tal vez ni siquiera sea conveniente.

La codicia es una complicada mezcla de fuerzas motivadoras que, en su justa medida, nos hace bien. Sería ingenuo y triste negar que esa ansia por lograr el éxito, por ser el mejor, es un motor psicológico para la creatividad, la innovación y el conocimiento. A mí, personalmente, me gusta la idea de progreso y creo que, por eso, es buena una cierta codicia. Pero creo que los conservadores están en un error al afirmar que la codicia es algo bueno y que todo intento de atenuarla –ya sea reduciéndola o desviándola en otras direcciones, es imposible e irreflexivo.

En “La gaya ciencia”, Nietzsche destacó que la conciencia es la estupidez más catastrófica que algún día conduciría a la destrucción de la humanidad. El argumento de Nietzsche era que quizá sólo seamos seres efímeros predestinados al ocaso, porque el comportamiento que tan acertado parecía a corto plazo podría resultar ser enormemente problemático hasta que todo se precipitara en un final catastrófico.

¿Existe entonces una solución al dilema del estado de ánimo humano?

SHELDON SOLOMON: Pienso que somos fundamentalmente seres sociales y sé, por estudios empíricos, que si estamos rodeados por miembros de una comunidad en la que se ensalzan los valores de cooperación e interdependencia en lugar de valorar a cada persona por sus infinitos logros materiales, se puede cambiar a las personas de forma muy positiva. En algún momento, habrá que convencerlas de que no todo lo que hacen pero sí algunas cosas ocurren por un motivo que desconocen, para negar la muerte, y de que tienen que hallar una forma mejor de encarar el miedo a la muerte. No creo que desaparezca nunca ni creo tampoco que tuviera que hacerlo, porque creo que ser dolorosa y pertinazmente consciente de que un día moriremos nos capacita y saca lo mejor de nosotros.

Por eso no creo que sea relevante cuestionarnos si avanzaremos hasta un punto en el que ya no temamos la muerte. ¡Sería un disparate! Creo que parte del miedo a la muerte se debe a que amamos la vida. Por eso, la cuestión es más bien si podemos hacerlo mejor y no tanto medirnos por las habitaciones que tenga nuestra propiedad o por los Porsches que tengamos aparcados en la puerta.

¿Qué tendría que cambiar?

SHELDON SOLOMON: Durante mucho tiempo, tanto la religión como la filosofía animaron a la gente a hacerse adulta. Si, como individuos y como comunidad, somos capaces de aceptar con decencia y humildad que somos seres mortales, tendremos que hacerlo, aunque no podamos saber de antemano cómo influirá ello en nuestro entorno. Creo que es una manera de enfocarlo y que debemos movernos en esa dirección.

El otro enfoque es cultural y económico, un concepto cultural del mundo basado en la suposición de que un consumo ilimitado es, al mismo tiempo, posible y conveniente… Habría que verlo tal y como es: altamente problemático cuando no autodestructivo.

Nuestras culturas evolucionan y avanzan en direcciones diferentes. Y nosotros tenemos que apoyar perspectivas culturales que disminuyan el consumo, tanto dentro de las sociedades como entre ellas. Llevamos a cabo discusiones a alto nivel sobre lo que valoramos y luego está la cuestión de cómo lo trasladamos a nuestras instituciones económicas, de forma que nuestros propios intereses armonicen con la satisfacción de preocuparnos por los demás. Esto sería una auténtica motivación, pues, sin materialismo, el individuo se extraviaría en la ira más ciega.

¿Cómo podemos trasmitírselo a nuestros hijos?

SHELDON SOLOMON: Creo que, como se ha demostrado, la lección más importante para los niños es ser respetuoso, humilde y compasivo, desarrollar intereses propios y perseguirlos y aprender a reconocer y a rechazar las intenciones de los poderosos, ya sean de índole político, religioso o comercial, comprender los procesos cognitivos y motivadores.

¿Y qué les diría a los que han perdido la esperanza?

SHELDON SOLOMON: Intentaría consolar a las personas que sienten deprimidas, desmoralizadas y desilusionadas a causa del contacto con la dura realidad del ser humano. Les explicaría que su desesperación y su malestar son reales y que no se pueden mitigar con drogas, alcohol, compras o viendo televisión.

Creo que la alegría y el desenfado inherentes al aprecio total de la vida exigen también la aceptación de que la tragedia es inevitable. Siempre experimentaremos fases de sufrimiento. Creo que mi propia receta psicológica específica es aceptar que la vida también tiene momentos difíciles y, a pesar de ello, ser humildes y agradecidos por el mayor privilegio: poder estar aquí. Ninguno de nosotros decidió nacer y con que una mínima parte de nuestro ADN fuera diferente, seríamos chimpancés o plantas.

Personalmente, estoy muy agradecido de que se me haya concedido mi tiempo. Uno solo recorre una vez el circuito de la vida y prefiero hacerlo siendo humano que siendo una lagartija o una papa.

 

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